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Reseñas: Mi Retorno a la Pesca Deportiva. Por: Juan Manuel Mota.
Enviado el Viernes, 26 febrero a las 00:00:00 por webmaster
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A mi regreso al ámbito de la pesca deportiva, de la cual estuve retirado por largo tiempo debido a esas cuestiones de trabajo que mencioné anteriormente, con sorpresa miré el gran avance y profesionalismo que había adquirido en nuestro país tal actividad durante mis años de ausencia.
A diferencia de aquella época y gracias al descubrimiento de nuevos materiales, las cañas, carretes, sedales y demás avíos de pesca eran mucho más sofisticados, también había una gran variedad de señuelos de formas y colores antes inimaginables que eran la nueva sensación por su efectividad, pero lo más interesante era que algunas tecnologías anteriormente utilizadas por los gobiernos para fines bélicos ahora estaban al alcance de todos, tales como los GPS, las fotografías satelitales y otras maravillas tecnológicas.
La pesca deportiva que en el vecino país del norte es una industria en la cual año con año se manejan cientos de millones de dólares, por obvias razones no podía pasar desapercibida en el nuestro al mejorar la economía nacional. Con la nueva era de las computadoras y posterior aparición del Internet la información llegó a casi todos los sectores de la población, de tal forma que ahora con la famosa “globalización” había en el país un gran número de asociaciones, clubes, foros y demás, cuyo tema y objetivo principal giraba en torno de este deporte en el cual la “lobina negra” ocupaba un lugar preponderante, sin duda alguna por la magnífica reputación que había ganado esta especie entre los pescadores deportivos del mundo entero desde mucho tiempo atrás.
Entre esas asociaciones y clubes sus temas principales eran a menudo la realización de torneos locales y regionales cuyo nivel de competencia estaban divididos en diferentes categorías, y de los cuales salían los seleccionados que los representarían en eventos de mayor relevancia, tanto a nivel nacional como internacional.
Por consecuencia, de aquellos aprendices a pescadores que había conocido en mi época de guía solo quedaba el recuerdo, ahora muchos compatriotas tenían hermosas y potentes embarcaciones con equipos igual o más sofisticados que cualquier pescador catalogado de primer mundo, y con quienes competían de tú a tú en distintas competencias nacionales e internacionales, la mayoría de las veces con excelentes resultados, llegando incluso a ganar un campeonato mundial de pesca de lobina efectuado en fechas recientes en un lago del continente europeo.
Cierta ocasión navegando en Internet entré a una página especializada en la pesca deportiva y en ella encontré una invitación para pertenecer a un foro como uno más de sus miembros, por simple curiosidad acepté sin imaginar que tal decisión influiría en mí de manera positiva en varios aspectos, principalmente al transformar mi antigua mentalidad depredadora por la filosofía de ese grupo que era el cuidado y preservación de las especies, practicando y fomentando la cultura de “atrapar y soltar”, ó el “C&R” por sus siglas en inglés, de la cual hoy día soy un asiduo promotor y practicante, pues estoy plenamente convencido de los beneficios que dicha práctica conlleva.
Gracias a ese foro también conocí a varias personas de gran calidad humana quienes en diferentes ocasiones me han invitado a participar en algunos torneos, sin embargo siempre me he negado por alguna razón, inexplicable incluso para mí, pues aunque parezca increíble hay algo en mi subconsciente que me impide participar en ellos con la alegría que para muchos otros tal suceso representaría.
Quizás mi naturaleza poco sociable sea la razón que me ha llevado a rechazar esas invitaciones, incluso en ocasiones he llegado a pensar que todo se debe a la presión que durante 12 años ejerció sobre mí el compromiso de que mis clientes tuvieran día con día la mejor pesca posible, ya que el trabajo de guía en lo personal siempre fue muy desgastante, esto según creo yo, debido a mi carácter muchas veces impaciente y fácilmente aprensivo.
Y aunque también existe la posibilidad que el temor a fracasar en competencias de esa índole sea la causa de mi negativa, he llegado a la conclusión de que el motivo principal es que la pesca es una de las pocas cosas sanas y divertidas, por no decir la única, que están al alcance de mis posibilidades y que además combina a la perfección con mi tendencia natural a la soledad y a ese deseo constante de vivir al aire libre y en contacto con la naturaleza, (y cuya terquedad por hacer realidad me llevó incluso a pasar aquellas penurias en mi juventud) por lo tanto hoy que Dios me da la oportunidad de hacerlo, esta vez no pienso contaminar tal privilegio con la presión y el estrés de las cual no están exentas ese tipo de competencias.
No obstante todo eso, hay una frase que dice: “nunca digas nunca”, por lo tanto ojala algún día pueda participar en algunos torneos, ya que eso significaría también que tengo dos cosas muy importantes y necesarias para hacerlo dignamente; ¡dinero y tiempo suficientes!, pues de otra manera estaría incumpliendo una de mis máximas que tan buenos resultados me ha dado a lo largo de mi vida, que aunque parezca demasiado dura es muy aleccionadora “¡si vas hacer algo, hazlo bien, sino mejor ni te metas!”
A propósito de esto último y de mi opinión muy personal sobre la pesca competitiva, quiero relatarles una experiencia que tuve hace algún tiempo en un viaje que hice a la presa para pescar yo solo cierta noche de verano. Esta anécdota tal vez a muchos les parezca un poco “cursi”, sin embargo con ella trataré de describir mi percepción (también muy personal) de lo que para mí es la esencia de la pesca recreativa, y de la cual me considero un fanático.
Una ocasión invité a dos amigos de ese foro que mencioné anteriormente, quienes vivían en otra ciudad, para pescar un fin de semana en la presa e hice todos los preparativos con la intención de salir el sábado en la mañana, sin embargo a media tarde del viernes me avisaron que de última hora habían surgido algunos inconvenientes y por lo tanto el viaje se cancelaba.
Como ya tenía todo organizado y mi equipo de pesca y lancha estaban listos, al salir temprano de la oficina decidí no desperdiciar la oportunidad y se me ocurrió ir a pescar yo solo esa noche, aprovechando que en esos días había luna llena. Al llegar a casa, de manera apresurada tomé algunas cobijas por si acaso se ofrecía y decidido me dirigí a botar la lancha por el lado sur de la presa.
Llegué al campo ya muy avanzada la tarde y de inmediato enfilé rumbo a una isla ubicada en medio de la presa que en esos días tenía muy buena pesca. Ese tarde el viento soplaba del sur a una velocidad moderada y el oleaje era fácilmente navegable, y aún más para una lancha de 19 pies equipada con un motor de 150 caballos de fuerza como la que en ese tiempo tripulaba.
En pocos minutos llegué a la isla y me cubrí con ella del leve viento y acto seguido me dispuse a buscar a las lobinas. Comencé a pescar por la orilla de aquella isla de regular tamaño utilizando un señuelo de media profundidad el cual de inmediato empezó a darme algunas capturas, que aunque medianitas ofrecían buena pelea y me divertían. En determinado momento miré que había cierta actividad en la superficie y entonces preparé otra caña con un señuelo especial para pescar con esa técnica tan emocionante, y por lo mismo preferida por muchos pescadores.
Empecé a lanzar aquel señuelo y aunque mi atención estaba concentrada en él y en el posible ataque de una lobina, por un momento no pude evitar distraerme con el hermoso paisaje que tenía ante mis ojos. En esos instantes el sol se había ocultado en el horizonte y sus últimos rayos formaban largas columnas de colores amarillos, rojos y anaranjados que contrastaban con el azul acero de la Sierra Madre Oriental, al mismo tiempo las sombras de los árboles y algunos troncos al reflejarse en el agua se distorsionaban y adquirían otros matices formando de esa manera una vista en verdad espectacular.
Por si esto fuera poco, el sonido de las pequeñas olas que golpeaban el lado opuesto de la isla y el gorgoreo de gran cantidad de aves acuáticas que alimentaban a sus polluelos y se disponían a dormir en los nidos en esa y otras islas cercanas, daban a ese momento un toque muy especial. Recordé mis épocas de guía y entonces entendí porque muchos clientes que procedían de las grandes ciudades quedaban maravillados ante paisajes como ese, y haciendo exclamaciones de asombro no cesaban de tomar fotografías que seguramente a su regreso presumirían con orgullo a sus amigos y familiares, como prueba de haber presenciado algo realmente único y que sólo la naturaleza en su esplendor puede ofrecer.
De pronto el salto de una lobina atacando mi señuelo me sacó de mis cavilaciones y al disfrutar de la excelente pelea que me dio hasta subirla a la lancha, no puede evitar que por un instante cruzara por mi mente un pensamiento ególatra por lo afortunado que era, ya que ese tipo de experiencias como la que estaba viviendo y que para muchas personas eran inusuales, yo los tenía al alcance de mis manos cada fin de semana y sin tantas complicaciones.
Continué pescando con aquel señuelo de superficie y logré sacar dos o tres lobinas más, mismas que al ser atrapadas con aquella técnica tan emocionante tuvieron mayor significado para mí que las 6 ó 7 que había sacado al inicio. Cuando no pude distinguir mi señuelo sobre el agua decidí que era tiempo descansar un poco y comer algo mientras esperaba que la luna, aún casi llena, apareciera por el oriente.
Con una cuerda aseguré la embarcación a un tronco y con la ayuda de un pequeño fanal tipo minero que coloqué en mi frente preparé un par de emparedados, mismos que degusté acompañados de una cerveza. Cuando terminé de cenar, con mucho cuidado, (por aquello de algún anzuelo perdido) extendí un cobertor encima de uno de los compartimientos laterales y acomodé una almohada sobre una de las consolas de la lancha, después fui a la parte trasera y saqué de un pequeño compartimiento que traía habilitado como hielera otra cerveza bien fría, enseguida con cierta parsimonia me recosté tranquilamente sobre la improvisada cama sosteniendo mi bebida espirituosa preferida con una de mis manos.
Recostado en esa posición pude escudriñar gran parte del firmamento, y entre más fijaba la vista en el infinito y conforme la oscuridad iba aumentando, más y más estrellas aparecían en él como por arte de magia. Al contemplar por largo rato aquella majestuosidad y pensar que cosas habrían más allá de lo que mi vista alcanzaba, una sensación de tranquilidad y paz interior comenzó a invadir mi cuerpo y mente, entonces entendí a la perfección aquella frase que dice “estaba yo solo mi alma”, y que muchas ocasiones utilizamos sin siquiera saber lo que realmente significa.
Con una sonrisa recordé también las expresiones de júbilo de algunos clientes en mis épocas de guía, cuando en situaciones similares, por ejemplo al pescar en un día lluvioso, tranquilamente se desparramaban en el asiento de la lancha y con los brazos extendidos dejaban que la lluvia golpeara su rostro a tiempo que exclamaban extasiados frases como: “¡Esto es vida!... ¡lo demás son “chingaderas!”, mientras que yo en esos momentos lo que más deseaba era estar en casa, sin embargo esta vez los comprendía a la perfección, pues en ese instante mi alma experimentaba también un sentimiento muy especial.
Poco después, al tratar de identificar y localizar algunas constelaciones en aquel cielo estrellado sin mucho éxito, en cierto momento desvié la vista hacia el poniente y lo que miré fue la claridad que producían las luces de la ciudad, que sin llegar a ser muy grande ya no era la misma de antes, pues hacía tiempo la había alcanzado la modernidad, con los problemas típicos que ello trae consigo. Con cierta nostalgia y algo de comicidad recordé como en mi infancia, por sus angostas calles circulaban gran cantidad de “vehículos rodantes” propiedad del “Sindicato Único de Mudanzas y Conexos” (obviamente afiliado a la CTM), que no eran otra cosa que vetustos carretones tirados por famélicos equinos que jamás supe como podían sostenerse de pie, mucho menos jalar aquellos carruajes, sin embargo pese a eso, cada uno traía su respectivo “tapa-ojos” para que de esa forma no se asustaran con otros vehículos más modernos, mismos que al final de cuentas terminarían por desplazarlos.
Seguí pensando como aquellas tranquilas calles poco transitadas ahora estaban saturadas de vehículos automotores de todo tipo, los cuales se habían multiplicado de manera increíble al igual que las personas, pues de los 40 ó 50 mil habitantes que tenía la ciudad a mediados del siglo pasado, en la actualidad eran cerca de 300 mil, con la consabida contaminación por gases nocivos, ruido, basura y demás, pero sobre todo por la creciente inseguridad.
Como era fin de semana me imaginé las largas filas de autos que habría en ese momento y la desesperación de algunos por llegar a casa en plena hora pico, me imaginé también los semáforos en las avenidas y los cruceros saturados, el sonido de los claxon, las luces de las torretas encendidas de algunas patrullas y ambulancias y el ulular de sus sirenas, y todas esas cosas estresantes que provoca la ansiedad por querer vivir cada vez más rápido, las cuales contrastaban por completo con la tranquilidad y silencio que había a mi alrededor en ese momento, el cual solo era interrumpido de vez en cuando por el canto de un par de búhos, quienes al final serían mis únicos compañeros (aparte de Dios obviamente) en aquella aventura “pesquil” de esa noche.
Después de un largo rato recostado con aquellos pensamientos filosóficos rondando en mi cabeza, miré en el oriente como iba en aumento la claridad de la luna que venía en camino, y conforme ésta avanzaba en igual proporción iban disminuyendo la cantidad de las estrellas y también el brillo, tanto de ellas como de mis ideas, entonces decidí dejar que el mundo solucionara sus propios problemas, pues faltaba poco para continuar con mi objetivo principal de aquel viaje, que era encontrar y capturar esos animalitos impredecibles que muchas veces me habían quitado hasta sueño: Las lobinas.
Cuando la luna todavía casi llena apareció, pacientemente esperé que se elevara lo suficiente y reflejara la mayor cantidad de luz posible, pero mientras tanto aproveché para habilitar otra de mis cañas con una lombriz de plástico color oscuro, que según algunas versiones que había escuchado antes era de lo mejor para pescar en ese tipo de condiciones.
Comencé a pescar ahí mismo y logré sentir el clásico “tap, tap” de una lobina sin embargo no logré engancharla, poco después desaté la lancha y me dispuse a buscarlas de nueva cuenta por la orilla de aquella isla con la intención de ir y venir de un extremo a otro cuantas veces fuera necesario.
Pescando en aquellas condiciones de poca luz la vista pasó a segundo plano y debí agudizar el sentido del tacto para sentir mejor las vibraciones que llegaban a través del sedal, por fortuna pronto les encontré el ritmo a las lobinas y logré sacar cuatro o cinco de ellas con aquellas lombrices de color negro. Recuerdo que en cierto momento llegué hasta un lugarcito donde había una pequeña palizada y en ella estaba un sauce caído que tenía algunas ramas verdes el cual parecía bastante prometedor, para entonces había cambiado la lombriz de plástico de color oscuro por uno de los nuevos señuelos sensación conocidos como “senkos” el cual tenía un color más llamativo.
Por fortuna no me había equivocado en mi corazonada y también pronto confirmé mi teoría de que las lobinas “no tienen palabra” en cuanto a sus gustos en las formas y colores de señuelos, pues en el primer lance que hice cercano al tronco de aquel árbol enganché una bastante regular que pesó poco más de 2 kilos, (que a la postre sería la de mayor tamaño en aquel viaje), y en los siguientes lances a ese mismo sitio enganché otra un poco menor pero que también me dio muy buena pelea. Así continué pescando por largo rato y en total logré sacar cerca de 10 animales de ese mismo lugarcito, eso sin contar las que se escaparon antes de subirlas a la lancha.
Después la acción en ese sitio desapareció y pensé que las lobinas se habían movido de lugar o ya las había sacado a todas, así que decidí continuar pescando por la orilla de la isla y de forma esporádica logré sacar una que otra pero ya no encontré ningún otro cardumen parecido. El tiempo pasó volando y de pronto me percaté que ya eran cerca de las 4:00 de la mañana, entonces decidí dormir un rato, esperando que los búhos que durante toda la noche me habían acompañado con su peculiar canto también lo hicieran y me dejaran descansar tranquilamente.
Con el motor grande me dirigí a un pequeño recodo y estando ahí de nueva cuenta sujeté la lancha a un tronco y me dispuse a dormir, esta vez por mayor comodidad y seguridad hice mi cama en la plataforma trasera de la lancha y en pocos minutos me quedé profundamente dormido. Fui despertado como una hora y media después por el canto de algunos pájaros y el ruido de las aves acuáticas que reboloteaban entre los árboles y se disponían a abandonar sus nidos anunciando la llegada de un nuevo día y cuya cercanía se podía apreciar con la claridad que se veía en el horizonte.
Después de lavarme la cara comencé a pescar con el mismo señuelo de superficie de la tarde anterior y logré sacar una ó dos con él, pero conforme la claridad del día aumentaba también lo hacía la velocidad del viento que de nueva cuenta soplaba del sur, sólo que esta ocasión cada vez más fuerte, entonces decidí cambiar aquel curricán por uno de media profundidad similar al que había utilizado la tarde anterior, el cual de inmediato empezó a darme excelentes resultados.
A corta distancia de ese recodo estaba una punta de piedra que protegía un poco de las olas al lugar formando una especie de remanso, y justo en ese sitio estaban concentradas las lobinas esa mañana y una tras otra atacaban el señuelo con una agresividad increíble. No quiero exagerar pero calculo haber sacado fácilmente más de 25 animales de esa pequeña área para cuando el sol apareció por completo, sin embargo poco rato después sucedió una de las cosas que siempre me han intrigado y por lo cual les llamo “impredecibles” a las lobinas: esa mañana, pocos minutos después de la salida del sol y posterior ascenso en el cielo, aquel frenesí alimenticio de las lobinas de pronto se frenó totalmente y de la misma forma como las había encontrado de igual manera desaparecieron.
Continué pescando en el área un rato más pero ya no tuve ninguna captura, cerca de las 8:00 de la mañana que me disponía a dar por terminado el viaje llegaron al lugar cuatro compañeros de la oficina en dos lanchas, quienes se sorprendieron de verme solo y aún más cuando les dije que había pasado la noche pescando ahí.
Obviamente me preguntaron como me había ido de pesca y supongo que no me creyeron cuando les dije que había sacado más de medio centenar de lobinas pero que a todas las había liberado. Antes de despedirme les señalé cuales habían sido los puntos más productivos esa noche, sin embargo al siguiente lunes que los miré en la oficina y comentamos aquel viaje, me comentaron que ellos prácticamente no habían tenido capturas durante casi todo el día, ni en ese lugar ni en otros que anduvieron pescando. Entonces recordé una de mis frases favoritas con la que siempre describo este fascinante mundo de la pesca y lo impredecible de las lobinas, y con certeza les dije que ¡ellos SÍ habían estado en el lugar!... ¡pero NO el momento apropiado!
Juan Manuel Mota.
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