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Reseñas: Mis Inicios como Guia de Turistas. Por: Juan Manuel Mota.
Enviado el Jueves, 17 diciembre a las 19:45:23 por webmaster

Reseñas Un año antes del gran auge que menciono, mi adolescencia que tranquilamente había transcurrido mientras realizaba las tareas propias del campo, cambió en forma drástica cuando tuve contacto por primera vez con los turistas americanos.

Una tarde fui contratado para trabajar como peón en el primer campo turístico que apareció cerca del pueblo donde vivía con mis padres. Este campo era solo un pequeño claro entre el monte a la orilla del río el cual fue acondicionado como estacionamiento, en donde había únicamente una rampa hecha con algunos troncos y piedras sin ninguna otra comodidad o servicio. La verdad jamás supe como fue que los pescadores americanos se enteraron de la existencia de ese lugar y tampoco como llegaron ahí por primera vez.

Debido a que la mayoría de los turistas regresaban a hospedarse a la ciudad ubicada a varios kilómetros de distancia, y como era muy complicado remolcar las lanchas por el único camino que iba zigzagueando entre los mezquitales, algunos preferían dejarlas ahí por las noches.

Con el paso de los días más y más personas llegaban y dejaban sus lanchas en el lugar que pronto aquel espacio resultó insuficiente para albergarlas. Por ésta razón fui contratado con la instrucción de limpiar de maleza y troncos la orilla del río.

Trabajé ahí varios días, la mitad de los cuales pasé con el agua al pecho o prácticamente buceando a pulmón, cortando con serrucho y machete los troncos de los árboles a la mayor profundidad posible para que los motores y cascos de las lanchas no se golpearan y sufrieran algún daño.

Por alguna razón que no recuerdo con exactitud había crecido con un sentimiento hostil hacia los americanos bastante arraigado, aunque muy pocas veces (ó tal vez nunca) había tenido contacto con uno de ellos hasta ese entonces. Tal vez en mi ignorancia pensaba que actuando de esa manera simbólicamente recuperaba parte de nuestro territorio, el cual según tenía entendido sus antepasados nos habían arrebatado hacía más de un siglo.

Por lo tanto no se sorprendan cuando les digo que después de terminar mi trabajo y el encargado me invitó a que continuara laborando en el lugar, esta vez ayudando a los turistas, mi primera reacción fue: “¡Ni madres!… ¡yo no trabajo para “gringos”!, pero como siempre he sido bastante ignorante pero tonto un poco menos, hice cuentas y rápidamente llegué a la conclusión que limpiando pescados, haciéndole al “viene viene”, bajando y subiendo lanchas a los remolques, podía ganar en un solo día más de lo que ganaba en una semana trabajando en el campo, desempeñando trabajos extenuantes en jornadas de sol a sol.

Así que ese mismo día decidí ingresar a ese pequeño grupo de privilegiados. Regresé a mi casa y me puse a hurgar entre los “cachivaches” hasta encontrar una tabla de regular tamaño. Después fui a casa de mi cuñado, quién era aficionado a la cacería, y le pedí prestado un cuchillo de los que regularmente utilizaba para descuartizar jabalíes y uno que otro venado cola blanca. Ese sería todo el equipo necesario para mi nuevo empleo.

En poco tiempo desapareció mi fobia hacia los americanos y me comunicaba con ellos gracias al lenguaje universal de la mímica, pero por fortuna pronto aprendí algunas palabras básicas para la subsistencia diaria. También aprendí a filetear lobinas, no sin antes despedazar varias de ellas hasta lograr sacar algo parecido a un filete, sin embargo con el transcurso de los días mi habilidad mejoró bastante, y más aún cuando un turista me regaló un cuchillo diseñado especialmente para tal fin. Eran tantas las lobinas que fileteaba a diario que en poco tiempo fui capaz de filetear contra reloj una lobina de regular tamaño en menos de 20 segundos.

A mis escasos 18 años de edad mi estilo de vida había cambiado de manera repentina, pero como bien dice el refrán; “El que no tiene y llega a tener, loco se quiere volver”, por lo tanto dicho cambio no había sido para bien en algunos aspectos.

En anteriores viajes a la ciudad con unos amigos había visitado esos lugares donde por desgracia eres consentido por las mujeres con las que puedes hartarte de tomar, bailar y demás, solo mientras traes dinero, así que decidí visitar esos lugares cada vez que se presentaba la menor oportunidad, sin importarme botar fácilmente los dólares, al fin que de igual forma llegaban.

Así transcurrió algún tiempo, sin embargo tanta belleza no podía durar mucho. Para mi mala suerte y la de mis compañeros de alguna manera las autoridades supieron de la existencia de aquel lugar clandestino y enviaron a varias personas a investigar, pero antes de que llegaran alguien nos dio el “pitazo” y alcanzamos a destruir todo casi sin dejar evidencias. El problema no pasó a mayores pero por desgracia de esa manera literalmente habíamos matado a la gallina de los huevos de oro.

Tal vez fue coincidencia o tal vez represalia, pero las autoridades decretaron una estricta veda de varios meses al día siguiente. Así de pronto me encontré nuevamente sin trabajo y sin dinero. Me miré obligado a buscar mis antiguas herramientas, el hacha y el machete, para trabajar otra vez en lo mismo, pero lo más difícil de todo fue resignarme a no visitar aquellos sitios de diversión con la misma frecuencia.

Recordaba con nostalgia esos días y repetía una frase que había escuchado en una de aquellas parrandas, con la cual pedía a Dios “que me quitara lo pobre, al fin que lo feo el dinero me lo quitaba”. Me imaginaba que esa expresión se le había ocurrido a alguien que pasó por lo mismo que yo pasaba en esos momentos, entonces prometí que tendría más cuidado con el dinero la próxima vez que llegara a mis manos.

Por fortuna algunas personas visionarias se percataron del gran potencial que existía en la región y poco tiempo después fui contratado junto con otros compañeros para hacer los caminos, rampas y muelles de lo que sería un nuevo campo turístico, esta vez con todas las comodidades pero sobre todo establecido con todas las de la ley.

Después de varios meses de arduo trabajo el complejo turístico estaba casi terminado y listo para funcionar, sin embargo faltaba un elemento indispensable: las lanchas de renta. Como ustedes se habrán imaginado, cuando éstas llegaron mis compañeros y yo fuimos los elegidos para manejarlas. La capacitación que recibimos por parte del patrón consistió en sentarse al volante, poner la palanca de velocidades en posición vertical, encender el motor y en son de broma y algo en serio nos dijo: “Aquí es neutral, pa´delante es pa´adelante y pa´atrás no me pregunten porque les doy un “chingazo”.

Por fortuna a los pocos días, los socios americanos que eran miembros muy importantes del mayor club de pesca en ese país enviaron a un par de pescadores profesionales para atender de manera personalizada a los clientes, y gracias a ellos también nosotros aprendimos algunas cuestiones básicas de la pesca, tales como los distintos tipos de cañas, carretes, señuelos y demás.

Uno de esos profesionales aparte de ser excelente pescador, según decían con algunos títulos y campeonatos ganados en los Estados Unidos, era además excelente persona. Un tipo carismático que nos invitaba en sus viajes de práctica y con mucha paciencia desatoraba nuestros señuelos de las copas de los árboles a dónde continuamente iban a dar, o nos ayudaba a desmadejar los “molotes” de sedal que se formaban en los carretes, sin ninguna muestra de enojo o desaprobación. Todo un maestro con el cual, pese a la barrera del idioma, nuestro nivel como nuevos guías y pescadores mejoró notablemente.

Así comenzamos como guías un pequeño grupo de 4 ó 5 personas en las primeras lanchas que llegaron a ese campo y con el paso de los meses fueron llegando más hasta conformar una flotilla de por lo menos 25 embarcaciones e igual número de trabajadores.

En cuestión de meses se aparecieron campos por doquier y grandes caravanas de casas rodantes atestaban las áreas de acampar. Los aviones aterrizaban en el aeropuerto cercano y en pistas privadas que algunos campos construyeron, con grupos de ansiosos pescadores y el mismo día despegaban llevando a otros de regreso, la gran mayoría satisfechos de haber realizado la pesca de su vida.

En fin, todo era fabuloso. El auge había comenzado.

Era tal la afluencia de turistas que en los primeros años llegué a trabajar temporadas de casi dos meses, día tras día de manera ininterrumpida. Me levantaba a las 4.30 ó 5:00 de la mañana para esperar el vehículo que me llevaría al campo y regresaba a casa alrededor de las 9:00 ó 10:00 de la noche, lo cual después de varios días era en verdad agotador. Es de mal gusto y poco ético hablar bien de uno mismo y tampoco quiero hablar mal de mis compañeros, pero muchos de ellos no aguantaban ese ritmo. Sólo unos pocos estuvimos ahí todas las mañanas para cumplir con nuestro trabajo, no importando si hacía calor ó frío, ó incluso si llovía.

Y si a eso le agregamos que por alguna razón el idioma inglés se me facilitó un poco más que a la mayoría, no es de extrañar que con el paso del tiempo fui teniendo suerte en el trabajo, ó mejor dicho, entre más trabajaba y me esforzaba mejores eran los resultados, por lo que con el tiempo llegué a tener muchos clientes que cada vez que regresaban me buscaban para que los llevara a pescar, ó incluso me recomendaban con sus amigos y conocidos que venían por estos rumbos.

HISTORIAS DE PESCA.

En aquel tiempo fueron tantos los días en que nos dimos gusto sacando cientos de lobinas que sería imposible hacer una reseña de cada uno de ellos, sin embargo como estos escritos nacieron de la idea de relatar algo de esos sucesos, a continuación describiré algunos detalles que vienen a mi memoria de aquella época que trabajé como guía de turistas, en la cual tuvimos oportunidad de capturar cantidades increíbles de peces.

Antes de iniciar quiero comentar lo siguiente: Hace más de 30 años, en una de esas ocasiones que estábamos sacando lobina tras lobina, un compañero dijo emocionado cierta frase que aún recuerdo muy bien; “Esto es algo para platicarlo cuando seamos viejos, pero cuándo se lo contemos a otras personas ó a nuestros nietos, ¡no lo van a creer!”…. Tal vez sin proponérselo, creo que mi amigo tuvo voz de profeta y algunas de estas anécdotas que a continuación relato pueden parecer inverosímiles para muchos, sin embargo quiero decirles a los duden que todas ellas realmente acontecieron.

MI PRIMER VIAJE A LA PRESA Y MI PRIMERA LOBINA.

En esos días que trabajaba en la construcción del nuevo campo cortando la maleza de la orilla del río con hacha y machete, conocí a unos turistas a los cuales recuerdo muy bien ya que fueron quienes me invitaron a conocer la presa y pescar en ella por primera vez.

Cierta tarde llegaron al lugar dos americanos en una preciosa camioneta pick-up de doble rodado equipada con camper y con ella traían remolcando una lancha también muy bonita. De aquella embarcación comenzaron a bajar algunas cosas y como usualmente lo hacía me acerqué para ver si podía ayudar en algo y de esa forma tratar de ganar algún dinero extra.

Al percatarse de mi presencia ambos me sonrieron pero continuaron con su tarea. Por su actitud deduje que no les molestaría, así que sin más preámbulo me dispuse a ayudarles a fijar un pequeño toldo y acomodar algunas mesas y sillas en lo que sería su campamento.

Después que terminamos de bajar las cosas y acomodarlas en su sitio ambos me saludaron cordialmente. Me preguntaron si trabaja ahí y al responderles que sí les dije mi nombre y aproveché también para ofrecer mis servicios de cuidar el vehículo y limpiar los peces que atraparan, lo cual entendieron bastante bien pues eran las mismas frases que había repetido varias veces para entonces.

Enseguida me preguntaron cuanto les cobraría y al contestarles estrené una nueva frase que hacía poco tiempo había memorizado, pues apenas un par de días antes le había preguntado a mi patrón como debía responder en algunos casos, y precisamente uno de ellos era saber decir algo así como: “lo dejo a su criterio”. Cuando escucharon mi respuesta simplemente me contestaron que estaba bien, mientras tanto yo sonreía satisfecho de mis avances con el nuevo idioma.

Recuerdo que en seguida me percaté de algo curioso, ya que aún con mi 1.68 metros de alto y 65 kilos que en aquel tiempo pesaba, al lado de ellos me veía corpulento. Me pareció algo extraño, pues aunque no tenían las características típicas de enanismo tampoco tenían la estatura promedio de los americanos que había visto hasta entonces, pero obviamente no dije nada. Así transcurrieron dos ó tres días en los cuales la confianza se fue haciendo cada vez mayor, ya que aquellas personas de escasa estatura demostraron tener gran corazón y ser sumamente amigables que incluso me invitaban a comer en su misma mesa deliciosos “t-bones”, y por que no decirlo, también algunos filetes de lobina acompañados de ricas ensaladas que ellos mismos preparaban.

En una de esas ocasiones (según les entendí) me dijeron que los dos eran jinetes profesionales de caballos de carreras y trabajaban en un hipódromo en el estado de Texas, lo cual parecía lógico y explicaba aquel físico tan especial que ambos tenían.

Cierta tarde después de la comida me preguntaron si conocía la presa, y al contestarles que no me dijeron que los acompañara, lo cual no lo pensé dos veces, pues en realidad tenía bastante curiosidad de saber como era.

Después de colocarme un salvavidas empezamos a navegar en aquella preciosa lancha por el río. Recuerdo que la potente embarcación zigzagueaba velozmente por un angosto sendero que estaba señalado con pequeños listones de color rojo, que algunas personas precavidas habían atado en las ramas de los verdes huisaches que prácticamente lo cubrían.

Sinceramente al ir navegando en esas condiciones los primeros minutos me mantuve un poco tenso, pero al poco rato disfruté como niño aquella experiencia.

Después de viajar por el río navegamos por unas estrechas brechas cuyas entradas estaban señaladas con listones del mismo color y colocados de igual forma en lugares estratégicos. Estas brechas tenían grandes árboles por ambos lados los cuales aún conservaban sus ramas, que aunque secas permanecían prácticamente intactas, sin duda alguna debido al poco tiempo transcurrido desde que sus troncos habían quedado cubiertos por el agua.

Al llegar al vaso de la presa y ver por primera vez aquella inmensidad para mí fue algo realmente inolvidable, y tal vez lo fue aún más por el hecho de que al poco rato de navegar rumbo a lo que parecía una especie de isla, la lancha empezó a brincar algunas olas de regular tamaño que me hicieron sentir algo de miedo, sin embargo traté de no demostrarlo.

Aquellos saltos se fueron haciendo cada vez más grandes y estrepitosos que incluso en algunas ocasiones el agua nos salpicaba. Supongo que mi temor era bien fundado, porque mis amigos comentaron algo entre ellos y entonces enfilaron hacia una orilla hasta llegar a un recodo bastante grande el cual nos protegía muy bien de aquel oleaje.

Al llegar ahí me preguntaron si quería pescar y les contesté que no y a señas les dije que prefería estar viendo, entonces me señalaron una hielera y según entendí me dijeron que podía tomar lo que deseara. Abrí la hielera y destapé una lata de refresco que tenía un color bastante llamativo, enseguida uno de ellos extrajo de los compartimientos de la lancha una bolsa de galletas de avena y otra de galletas con chispas de chocolate (que ahora son comunes en cualquier tienda de la esquina, pero en aquel tiempo no) y me dijo también que podía comer las que quisiera.

Comenzaron a pescar y a sacar algunas lobinas y así continuaron durante un buen rato, mientras tanto yo continuaba entretenido, disfrutando aquella bebida diferente a las que alguna vez había tomado y saboreando aquellas deliciosas galletas, en ese entonces para mí también desconocidas.

Después de un rato me preguntaron de nuevo si quería pescar y aunque les dije a señas que no sabía, uno de ellos me entregó una caña y con mucha paciencia me explicó lo que debía de hacer.

El procedimiento me pareció bastante sencillo, ya que solo debía apretar un pequeño botón y con cuidado dejar que una especie de lombriz de plástico se deslizara lentamente al fondo; al dar media vuelta a la manivela del carrete de manera automática se colocaba en él un seguro; a continuación debía estar moviendo aquella lombriz de arriba abajo como una especie de yo-yo; y según entendí, iba a sentir unos pequeños tirones y después de eso debía jalar con firmeza la caña hacia arriba.

Así lo hice, y después de algunas “falsas alarmas” que resultaron ser ramas en las cuales me había atorado, por fin saqué mi primera lobina que resultó ser un animalito de escasos 500 gramos. Aunque anteriormente había sacado algunas lobinas en el río siempre había sido utilizando un tramo de sedal enredado en un bote, sin embargo aquella sensación de atraparla y remolcarla con un verdadero equipo de pesca era algo realmente extraordinaria, así que continué pescando cada vez más emocionado y logré sacar otros dos o tres animalitos antes de volver al campo.

Jamás me hubiera imaginado que esas lobinas serían las primeras de miles que sacaría de esa manera con el paso del tiempo, ya que meses después, a ese campo donde trabajaba como jornalero llegaron varias lanchas de renta y por azares del destino fui seleccionado por mi patrón para manejar una de ellas. A partir de ahí empecé a trabajar en esa presa y entonces cambiaron el nombre de mi anterior profesión por el pomposo título de: “Guía de Turistas”.

De esa manera cambié también el hacha y el machete por otras herramientas: la caña y el carrete… y éstas a su vez… ¡cambiarían mi vida por completo!

Juan Manuel Mota Martinez.

 
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por yacobin el Mircoles, 01 septiembre a las 23:46:09
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